
Por: Pedro Domínguez Brito
07-09-2009 Dicen que el Papa y el campesino saben más que el Papa solo. El grado de unidad para hacer algo es lo que determina el éxito o el fracaso de cualquier empresa en la que nos involucremos. A esto se agrega una alta dosis de amor por lo que se hace, pues sin amor toda obra carece de base y se derrumba con el menor viento.
Me fascina observar esas manadas de pequeños animales que actúan en conjunto para atrapar una presa de gran tamaño. En grupo son invencibles. Existe una coordinación perfecta. Los actores cumplen su papel, ni más ni menos.
Por el contrario, hay quienes juran que vinieron al mundo exclusivamente para vivir ellos. Todo gira en torno a sus figuras. Se creen indispensables para los demás. No toman en cuenta al prójimo. Las ideas y la labor del otro no sirven. Son tan egoístas que cuando son solidarios lo hacen sólo por conveniencia particular.
Y no importa que sean destacadas en un área, pues el talento que no se comparte o que no promueva la fraternidad, hace más mal que bien, sobre todo en quien lo posee.
Saber trabajar en equipo es una de las grandes virtudes del ser humano. Es condición de las personas superiores reconocer que todo proyecto o meta se alcanza uniendo voluntades, cada cual asumiendo su responsabilidad y punto, siempre en armonía con el conjunto, ya que una desviación de apenas uno puede ser fatal para el conglomerado.
En los pueblos ocurre igual. Ninguna sociedad avanza si carece de ideas claras sobre su porvenir, donde su gente se mantenga abrazada en las ideas y en la acción, con propósitos comunes, con un alto sentido de compenetración y comprensión entre sus miembros.
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