
Por: Pedro Domínguez Brito
05/10/2009
“He estado muy enferma y me he reencontrado con Dios”, dijo hace unos diez años la más grande folklorista de estas tierras, la voz que hizo vibrar a nuestra América mestiza, sufrida, valiente y llena de esperanza. Ha muerto Doña Mercedes Sosa, y las lágrimas, como su canto, son eternas.
Estos días la he escuchado como nunca, invadido de tristeza, como si la hubiera tratado con frecuencia, y tal vez lo hice, y quizás ella “La Negra” estuvo siempre conmigo, ella de Tucumán, yo de Santiago. Y precisamente no ceso de acompañarle en “Sólo le pido a Dios”, aquella universal canción del inmenso León Gieco, que reza en parte:
“Sólo le pido a Dios
Que el dolor no me sea indiferente
Que la reseca muerte no me
encuentre
Vacía y sola sin haber hecho lo
suficiente”.
Mercedes Sosa fue un símbolo de la libertad, de palabra y de hechos, de teoría y acción. Alguien dijo que encarnaba la liberación de Latinoamérica. Otro que ella tuvo el más grande corazón para el que sufre… que sus canciones fueron un grito de libertad, que cada una de sus canciones significaban festejar la libertad de la democracia y construir un país con mayor equidad.
De laureles estuvo llena. Los más grandes de la música hispana trascendían al cantar con ella: Silvio, Chico Buarque, Caetano Veloso, Serrat, Shakira…
Ha muerto la reina del canto con guitarra y bombo, del folclore y la alegría, del compromiso social y de nuestra raza, y en el cielo un coro de ángeles canta: “Mercedes, gracias a la vida, que le diste tanto”.
pdominguez@dominguezbrito.com
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